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Falleció la artista plástica Ides KihlenEl martes 14 de abril, a las 19.20, falleció la artista plástica, Ides Kihlen, en su departamento de Avenida Alvear, en el barrio de Recoleta. Murió a los 108 años la pintora más longeva de la historia argentina.
Siempre ha despertado, admiración y el cariño de quienes la conocieron. A los 84 comenzó su vida pública, todavía pintaba en el piso, amaba el arte, tocar el piano y beber cada día su copita de champagne. Nunca quiso premios, ni concursos, ni reconocimiento, ni publicaciones, pero los tuvo y pudo disfrutar durante las últimas tres décadas el reconocimiento del público y también el afecto, tanto en nuestro país como en otros lugares del mundo. Había nacido en Santa Fe en 1917 y a los cuatro años ya andaba con lápices y papeles. Fue el inicio de su amor por el arte, que nunca la abandonó. Su padre, Enrique Kihlen, sueco, y director para la Argentina de una compañía noruega, la Compañía Comercial Noruega Argentina, había conocido en Buenos Aires a Clelia Brunet, hija de suizos. Se casaron y tuvieron dos hijas, Ides y Titi. Vivieron un tiempo en Puerto Bermejo, después en Corrientes, en Resistencia y recalaron en Buenos Aires cuando ella tenía 5 años. “En mi casa de soltera tenía un piano y mis pinturas en el altillo. Ahí me había hecho un lugar para estar sola. Me traían la comida en una bandeja. El arte es una compañía muy grande”, contaba. Se apuró con la primaria en el internado inglés para ingresar a los 14 años a la Escuela de Artes Decorativas. Mientras, rendía libre los exámenes del bachillerato y estudiaba piano en el Conservatorio Nacional. Compuso y grabó conciertos como pianista. También estudió psicología y escribió poemas. Antes, se cambió el nombre compuesto sueco que le pusieron sus padres por uno inventado por ella. A los 11 años, propuso a la directora del colegio primario que la llamaran Ides, y así fue por casi cien años más. Se casó joven con Luis Bebe González Monteagudo, y tuvo dos hijas, Silvia e Ingrid. A los 30 años se divorció, cuando todavía eso era algo poco común, y entonces pintaba día y noche, hasta en la cocina. Su matrimonio fue un paréntesis de 17 años: “Yo seguía pintando igual. Primero estaba mi pintura y mi piano, y después mi marido. No era una mujer para estar casada”. El ex marido fue su gran amigo y protector por las seis décadas que siguieron: ella nunca pagó un impuesto. Él también fue longevo y por un mes no llegó a los cien años. Tuvo inseparables perros y gatos. Viajó e hizo muchísimos amigos. Y casi nunca fue al médico, más que para los partos y una indigestión a los 106 por comer exceso de bombones. Eran su debilidad, igual que el champagne. Pero siempre conservó la línea: todas las semanas medía que las polleras no le ajustaran la cintura para regular su dieta. Llego a la ancianidad ágil y con un cutis de porcelana, que realzaba con labios color carmín. “Soy un fenómeno de la naturaleza”, admitió a los 105 años, esa extraordinaria mujer, tan coqueta, siempre con sus vinchas que coronaban su melena y dejaban libre su bello rostro. Como algo curioso, se sabe que destruyó muchísimas pinturas, porque hizo tantas a lo largo de su vida que no tenía dónde ponerlas. “Viví casi siempre sola. Desde chica buscaba rincones escondidos en la casa para estar con mis pinturas y también con el piano. Pero la pintura me atrapa. Es una adicción. Si la dejo, me siento mal, me pongo nerviosa. Pero no es una terapia, porque hay un montón de cosas en la pintura, problemas que trato de resolver. Me levanto y lo primero que hago es ir al taller, a ver qué pasó con lo que hice el día anterior. Sueño con la pintura, mezclo colores durmiendo. La pintura no tiene descanso”, contaba en una entrevista a sus 87 años. Sólo comía lo que ella misma se cocinaba y sin horarios. Para dormir, también, anarquista. “A cualquier hora del día o de la noche tengo algo que hacer: cortar una cosita, pintar otra. Esto es un trabajo”, decía cuando ya contaba una centuria. A los 97 tuvo una caída, y entonces dejó de pintar en el suelo y de tener obras y caballetes desparramados por todo el departamento de la Avenida Alvear. Durante la pandemia, tuvo que hacer orden porque sus hijas se mudaron a vivir con ella. Pero era difícil que se contuviera. Si hay algo que Ides cultivó es la libertad. Pintó en grandes telas, pedacitos de cartón, papel de diario, las páginas de un libro y, en su taller, también se volvieron obra las cortinas y las paredes. Puertas, baños, sillones, el pallier o los cuadros ya terminados: todo podía tener colores nuevos o imágenes recurrentes de su obra: peces, el número 5, los banderines, el color rojo, la línea bailarina de sus fondos, cierto aire de partitura o de ritmo. Ides Kihlen donó siete obras al Museo Moderno. Hasta 1980 su obra fue figurativa. Pero entonces se cansó, empezó a buscar otra forma de pintar y la encontró en la abstracción. Nunca le interesó participar en concursos o exponer sus obras, pese al insistente reclamo de amigos y de los notables profesores que tuvo en su interminable recorrido de perfeccionamiento académico: Pío Collivadino, Emilio Pettoruti, André Lothe, Battle Planas, Kenneth Kemble, Vicente Puig, Antonio Alice, Adolfo Deferrari, José Antonio Merediz y Adolfo Nigro. Su camino siguió siempre en la abstracción, cercana a Paul Klee, Vasily Kandinsky y Joan Miró, pero siempre personal, autónoma. La gran exposición para sus cien años en el Museo de Arte Moderno tuvo su coda en una donación de trece importantes obras elegidas por el propio museo. Hasta los 103, 104, seguía escuchando bien y pudiendo mover sus manos de manera impecable, entonces las tardes eran para el piano. Festejó los 105 años con una muestra que le rindió homenaje a su obra plástica y musical en el Museo Nacional de Bellas Artes, un recorrido por las últimas cinco décadas de su trayectoria, con curaduría de María Florencia Galesio. También donó obra al museo mayor. En paralelo, otra muestra ocurría en el Museo de la Cárcova, en el que se formó, donde se presentó la pieza audiovisual que elaboró sobre ella el artista Dardo Flores. La Universidad Nacional de las Artes (UNA) le entregó el título Honoris Causa. También fue declarada Ciudadana Ilustre. Recién a los 106 dejó de tocar el piano por una rigidez en los dedos y un poco también por la sordera. No tomaba remedios de ningún tipo. Ni siquiera aceptaba un desinflamante si le llegaba a dar algún dolor de huesos. “Yo no tomo esas cosas”, respondía tajante. Mantenía su autonomía. “¡Salgan de acá!”, ordenaba si alguien pretendía acompañarla al baño. “Estoy perfecta”, aclaraba siempre que le preguntaban cómo se sentía. Al final de sus días había alcanzado una libertad total. Esa enseñanza deja: pintaba sin límites, en paredes y puertas, y hablaba con sus cuadros: vivía en estado de creación. A los 108 pasó a trabajar en la cocina, con crayones. Los agarraba como podía, pero no paraba de crear sus laberintos y universos. Tuvo otra visita ilustre: Julio Bocca, que recibió en donación una pintura para subastar a beneficio del Teatro Colón y otra obra suya para ilustrar el programa del ballet Cascanueces. Llegó a ser entonces pintora en actividad más longeva de la historia del arte argentino y el Güinnes estaba a punto de darle el diploma del récord mundial. Querida y destacada Ides, siempre serás recordada con admiración y amor. www.conozcarecoleta.com.ar - 7608 caracteres – Miércoles 15/04/26 - Fuente consultada: LN |